Los nuevos pueblos fantasma


Los pueblos de México han adquirido, a través de las recientes y desgastantes luchas, la habilidad de convertirse en pueblos fantasma. Son reconocidos fácilmente, no por lo descuidado de su aspecto; sino por el silencio de su gente. Ya no es la misma de antes, camina con la vista baja y temerosa, y el paseante, al no tener respuesta a sus porqués, hace lo que su naturaleza humana le dicta: le inventa historias al lugar.

Ya no se distinguen bien las caras de quienes nos esperaban desde sus zaguanes, sus parques o su iglesia. La gente se volvió sólo siluetas, fantasmas grisáceos que flotan por las calles es espera de una tranquilidad que la guerra les robó hace tiempo.

Esas calles de brazos grandes que a todo peregrino recibían, ahora no son más que dudas y sospechas de todo aquel que las visita. Nuestra sed de viaje recorre los pasos, que alguna vez dio sin cuidado y, al final, se da cuenta que ya no hay mucho que ver. Todo está en mudo y cabizbFernando Velascoajo, como lo está su gente.

Sólo queda imaginar. Comenzamos con el primer recuerdo de ese escenario que la memoria nos arroja y recortamos y pegamos en él todos esos pequeños objetos que se tropiezan a nuestro paso.

Paseas nuevamente con aquellos pobladores que anunciaban, con el olor al café, el trabajo tempranero y, el pueblo que recordamos, comienza a colorearse poco a poco al paso del sol y los mercados. Señalamos el río y el lugar en que debían estar sus lavanderas. Giramos y vemos a niños camino a la escuela, sin zapatos, pero pulcros; empero, y a pesar de los esfuerzos y las postales que inventas, hay un mando extraño en el aire. Vigilante. Te sabes sólo y acompañado al mismo tiempo. No una compañía amena, es más bien incómoda. Como la compañía de alguien que no te deja espacio en el asiento del avión, alguien que te mira y te roza sin querer, pero queriendo que te vayas. Lo ignoras y piensas a velocidad nerviosa. El agua, la tortilla, los peces y el sueño. La res, el chile y la leche. La pesca, el lago, la cocina y la paz. Pero todo se colorea de grises. A pesar del sol, de los mercados, del río. Algo ha pasado en esos pueblos que creías tan familiares, y que hoy, sólo llevan con ellos el rostro de la angustia avejentada.

Te estacionas donde solías echarte un trago y encuentras la encrucijada entre el marcharte y el querer saber de más. Pero el incienso del luto; los autos y su marcha lenta revisando cada uno de tus sorbos; las acrobacias de las aves y la tensa calma, ahora coronan la tarde. Se respira el perfume de la brisa cálida y se mira a lo lejos un atardecer que revela las luces vacilantes de las casas. El silencio ya no lo apaga la gente, ahora lo hacen bruscamente motores o rebuznos. Hay un calor extraño y un sol cautivo por los aires. Un dejo de movimientos lentos y murmullos. El color de los aromas que avisan la hora de la cena, ahora son menos.

La gente que te encuentras, hoy entrega un paso solemne y cauteloso. La sospecha es el velo de toda contemplación, de toda sublevación aparente. La ley no es la suya o la de todos. Las reglas no escritas son el secreto más guardado y conocido al mismo tiempo. Se cruzan dos personas en las calles y, sin decir nada, se quedan inmóviles, en silencio, mirándose el odio bajo las armas y las ropas.

Las lagunas ya no se miran igual, la locura de varias lanchas se transformó poquito a poco en un escenario de batallas aisladas. La paz se escurre en las ventanas de facha tensa. Ya no se escuchan tantas voces de viajeros. El pueblo dejó abandonados sus ríos, ya ni siquiera le queda la nostalgia de los buenos tiempos, ha refinando los recuerdos, y ahora sólo echa de menos la época en que los muertos no eran tantos y ni tan cercanos.

Se nos acabó el tiempo en esos pueblos. Ahora los turistas ya no somos huéspedes; sino visitantes de entrada por salida. No somos más actores del pueblo cotidiano. Nos convertimos en sospechosos, en posibles informantes de la nada, en extraños vigilados por un pueblo que aun guarda la esperanza de un futuro que les regale días más largos y con menos balas. Mientras, nosotros esperamos un México que vuelva a ser completamente nuestro, pero con todos ellos.

Fotografía de Fernando Velasco del colectivo Luciernaga
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