Al amor le dio el “acabamiento”


Érase una vez en un reino muy cercano, una torre donde se acostumbraba descansar, pero tanto tardó el ammarchenor en despertar, que cuando lo hizo ya era viejo. Abrió ventanas y persianas; caminó en seguida ante un espejo con la curiosidad que sólo despierta el tiempo, pero nada; no reconoció de sí, ni el rostro. Quería ver los detalles que ahora lo marcaban como a un mapa, así que con cuidado se acercó al espejo, pero poco antes de que su nariz tocara el vidrio, advirtió que no veía. Tenía “vista cansada”.

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